Viaje Sin Destino

La luna llena envolvía con su luz toda la carretera mientras el viento sacudía los arboles. Parecía que con sus ramas quisieran tocar el coche. El paisaje había cambiado, las grandes llanuras habían dado paso a grandes extensiones de campos cultivadas con la planta del maíz.

Llevaban 6 horas conduciendo y Alfred se encontraba algo cansado, la noche había caído hace una hora y su vista estaba algo fatigada.

Vieron un cartel que anunciaba un bar a pocos metros y decidieron hacer una parada.

Aparcaron el coche y entraron, los pocos clientes que se sentaban en la barra se giraron para observarles, se acercaron tímidamente al camarero.

– Hola, buenas noches, puede servirnos algo de cenar?- Preguntó Ana.
– Por supuesto, sentaros en la mesa que queráis que os traigo la carta – Les comentó amablemente el camarero.

Cuando se acomodaron, les trajo la carta y abrió una pequeña libreta que sacó del bolsillo del delantal.

– ¿Queréis algo de beber mientras escogéis la cena?
– Sí, por favor. Para mí una cerveza- Dijo Ana.
– Yo quiero otra, gracias – Dijo Alfred-
– Perfecto, chicos, ahora mismo os tomo nota.

Uno de los hombres de la barra se levantó y puso un tema de BB King en la Jukebox que había al fondo del local.

Relato Erótico: Viaje Sin Destino

El sonido inconfundible de la guitarra de BB envolvió todo el bar y puso ritmo a una noche de viaje hacia ninguna parte.

Después de pedir una cerveza esperando la comida, otra con el primer plato, otra con el segundo, pidieron la última ronda para brindar por ellos y por la larga travesía que habían decidido emprender juntos. Un viaje de placer sin destino.

Salieron del bar con ese puntillo que dan 4 cervezas y una buena comilona. Bromas, risas y ese juego tonto que invitaba a hacer un alto en el camino muy cerquita de allí.

Ana se recostó sobre el coche apoyando la cabeza, cerró los ojos para sentir el frescor de la noche, suspiró y en ese preciso momento los labios de Alfred besaron su cuello. El primer segundo fue sorpresa pero en seguida sintió un ligero cosquilleo por todo el cuerpo.

Siguió besando el cuello con movimientos suaves , mordisqueando el lóbulo de la oreja y bajando hasta el escote. Las manos de Alfred tocaron suavemente sus pechos y Ana gimió levemente, abrió los ojos y se percató de que todos los hombres que habían en el bar estaban asomados en la ventana observándoles. Le entró un ligero sentido del ridículo.

– Alfred vámonos, nos están mirando todos. –Dijo Ana mientras se abrochaba la camisa.

La timidez de ella contrastaba con la risa contenida de él, se subieron al coche y salieron del parking rápidamente, mientras se alejaban, siguió observando a la gente del bar, Alfred rompió a reír a carcajada contagiando a Ana, que pasó de un sentimiento de vergüenza a reír como lo hacía él.

Pasados unos kilómetros , Ana le recordó el motivo de salir pitando de aquél bar, colocando la mano sobre las piernas de Alfred.

Él dibujo una sonrisa pero siguió conduciendo, Ana le desabrochó el botón del pantalón y le bajó la cremallera, le tocó el miembro a través del calzoncillo notando su erección.

Alfred le miró y se bajó ligeramente los pantalones y el calzoncillo, mostrando el pene en todo su esplendor.

Ana comenzó a masturbarle suavemente, se agachó y le humedeció con su boca el pene, Alfred gimió ante la sensación de sentir el calor y la humedad de la boca de Ana, notaba como sus labios subían y bajaban.

Se levantó y continuó masturbándole con la mano. A pocos metros Alfred vió un pequeño camino que se salía de la carretera, lo cogió y le pareció extremadamente misterioso y excitante, un camino con maizales a ambos lados que se movían al son del ligero viento que soplaba aquella noche.

Condujo el coche durante unos metros, paró y apagó el motor, la oscuridad de la noche inundó el lugar creando una atmósfera sobrecogedora, sólo el leve resplandor rojo del reloj del salpicadero iluminaba el habitáculo.

Sin pensarlo Ana saltó a los asientos de atrás y Alfred acabó de quitarse los pantalones y le siguió.

Comenzaron a besarse, esta vez con la tranquilidad de que no había nadie espiando.

Recordándole donde lo habían dejado, Alfred prosiguió con sus besos suaves en el cuello, lamiendo sus orejas, y acariciando sus pechos a través de la camisa.

Fue desabrochando uno a uno los botones de la camisa y besando al mismo tiempo sus pechos, ella se levantó el sujetador invitando a Alfred a que lamiese sus pezones, algo que él hizo de inmediato.

Ana se levantó la falda y se bajó la braguita, se recostó sobre los asientos del coche levantando el culo para mostrarle su sexo en todo su esplendor. Alfred sin pensarlo dos veces lo lamió, con la ayuda de sus dedos separó los labios de la vagina para mordisquear, succionar y lamer con sus labios el clítoris. Ana tenía ligeras contracciones de placer, agarró la cabeza de Alfred por los pelos y lo apretó contra su sexo, sentía que su orgasmo era inminente.

Mientras él jugueteaba con el clítoris ella se acariciaba sintiendo la humedad de ella, de él y el blando tacto de la lengua, todo hizo que el orgasmo llegara sin preaviso.

Alfred levantó la mirada y contempló la expresión de placer de Ana, al momento se levantó y se sentó encima de él, acarició su pene y lo acompañó hasta su vagina para que dulcemente la penetrara.

La primera vez que sintió su pene totalmente en su interior, Ana se detuvo para disfrutar de ese instante, le besó cariñosamente los labios, las orejas y la barbilla. Se levantó ligeramente sintiendo como salía el pene de su interior y volvió a bajar. Los movimientos eran lentos, muy lentos, haciendo de aquel acto amoroso, aquel lugar envuelto en maizales y aquel coche parte de un ritual.

En cada movimiento sus ojos se cerraban para sentir plenamente el placer, Ana se echó hacia atrás y él le acabó de desabrochar el sujetador para poder lamer sus pezones mientras ella seguía subiendo y bajando.

Cada vez los movimientos de ella eran más rápidos, él agarró su cintura para acompañarla en ese vaivén sintiendo que el final estaba cerca, pero quería aguantar, quería seguir por más tiempo. No había nada más vello y placentero que estar haciendo el amor con su muñeca y la fantasía de pensar que alguien podía estar observando tras los maizales le excitaba todavía más.

Sus pechos se movían con fuerza, los acarició, el sudor hacía resbalar las manos, los acarició con más fuerza, ella seguía gimiendo. Por la oscuridad no podía ver como la penetraba pero la poca luz que iluminaba su cuerpo era casi mejor, al poco, sintió como explotaba, pero ella siguió moviéndose y en cada envestida, seguía explotando, ella comenzó a ralentizar sus movimientos acariciando su pene y sintiendo como los flujos bajaban por él.

Sus movimientos eran más lentos hasta que se detuvo, estuvieron sin decir palabra unos minutos, arropados por el silencio, el calor, el placer y la noche.