Llueve sobre Manhattan – Matmata

Una ducha caliente era la mejor recompensa para un pesado día de viaje. Clarice había salido en el vuelo de las 5 de la mañana desde Roma con destino a Dublín cargada con sus dos maletas llenas de prototipos. A media mañana, y tras algunas horas de espera, cogía otro vuelo que le llevaría a Cork, al sur de la isla.

Hospedada en un lujoso hotel que le pagaba la empresa, tenía al alcance, cualquier capricho que se le antojara. Bañera de hidromasaje, un circuito termal, terapias con chocolate o una amplia sala fitness.

Pero no tendría la conciencia tranquila si se escapaba a esos placeres. Su reunión con un proveedor en el pueblo de Bandon, a unos kilómetros al suroeste, a la mañana siguiente, le tenía inquieta. La empresa había puesto toda su confianza sobre ella. Debía conseguir un mejor precio para la fabricación de los prototipos sino se llevarían toda la compañía a Croacia y despedirían a las 200 familias que formaban su plantilla.

Debía estar concentrada. Repasaría en el portátil todos los detalles que debía plantear y se acostaría.

El hotel, en pleno centro de Cork, y rodeado de pequeños bloques residenciales de tres plantas en estilo georgiano, ofrecía una vista excepcional de la ciudad desde cualquier habitación.

En un momento que levantó la mirada del ordenador, observó en frente, a una pareja besándose apasionadamente en el interior de su vivienda. Siguió tecleando, pero su curiosidad le hacía levantar la mirada y disfrutar del erotismo que emanaban.

Caricia a caricia, los amantes comenzaron a desnudarse y provocaron en Clarice un efecto de seducción que no esperaba. Empezó a sentir un enorme deseo de compartir la sensualidad de los amantes, sentía que conectaba con ellos desde la distancia.

Como si de un presentimiento se tratase, empezaron un baile de posturas justo enfrente de la ventana, un baile provocativo y animal que Clarice también quería bailar.

El hombre de vez en cuando apartaba la mirada del cuerpo de ella y observaba las distintas habitaciones del hotel que tenía delante. Curioseaba y se imaginaba observado por otra mujer.

Clarice, ajena a la curiosidad del hombre, disfrutaba delante del ventanal de su baile privado, con los ojos cerrados imaginaba estar en el otro edificio, apoyada en el alféizar de la ventana y sintiendo que aquel hombre estaba con ella. Sus dedos jugueteaban, su cuerpo se tensaba, su corazón se aceleraba, el sudor resbalaba. Abrió los ojos ligeramente para que su fantasía siguiese viva y observó que el hombre la miraba. Sólo un segundo de vergüenza es lo que sintió, el hombre le dibujaba una sonrisa pícara que no hizo más que avivar una fantasía que ahora era real.

Ahora la mujer se encontraba en un segundo plano. Justo donde Clarice quería. Aunque estuviesen en dos edificios distintos, aquel hombre y ella estaban unidos por una fantasía. Una fantasía más allá de lo carnal. La mirada entre ambos unía sus mentes y sus cuerpos hasta el punto de intuir las sensaciones que tenían uno y otro.

Ella le miraba y se acariciaba, él la miraba provocando gemidos a su amante, placer que Clarice sentía como suyas. Era un curioso juego a tres bandas pero donde sólo estaban ellos dos. Los movimientos entre ambos se hicieron cada vez más enérgicos hasta confluir en un orgasmo múltiple.

Los amantes en un edificio y ella en el hotel de enfrente unidos por una mirada y una fantasía.

– Matmata _